Qué vuelva el bucle

 

 

Como probablemente habrás adivinado, estoy refiriéndome al elemento técnico de mayor impacto visual dentro del lanzado: el bucle.

Durante una época el bucle fue el centro y objetivo de nuestras acciones en lanzado. Aprender a lanzar consistía principalmente en saber crear un bucle. Nuestros conocimientos técnicos sobre lanzado eran bien limitados y vivíamos y practicábamos para crear esta figura, siguiendo unos cánones estrictos de belleza. Cánones sujetos a modas y estilos, muchas veces en sacrificio y a costa de criterios de efectividad y utilidad práctica.

Paul tenía una clasificación de bucles con punta en forma de morro de rata, en cuña y en punta de flecha. ¿Para qué servía cada uno? La pregunta ofende. Simplemente se podían hacer, si sabías cómo. Ya está.

Tal era nuestro empeño y entrega afectiva por este elemento, que hasta buscábamos utilidades prácticas para la ejecución intencional de los denostados bucles negativos. Y las descubríamos.

En casi todo análisis de lanzado o conversación técnica de aquella época, la palabra bucle era el término protagonista.

Cámaras

Desde luego no por casualidad, esta casi obsesión por la figura de un bucle “perfecto” coincidió con la proliferación de las cámaras digitales y la posiblidad de congelar el bucle en el aire. Si una foto era buena entre mil, esa era la que enseñábamos para deleite y admiración de propios y extraños. Y nuestra cara de orgullo no pasaba desapercibida.

Pero aparecieron las cámaras de vídeo con los móviles. Y nos grabamos. Nos dimos cuenta que los bucles tienen vida y edad y que a lo largo de su efímera existencia cambian de tamaño. Que un bucle puede nacer ancho y redondo para justo antes de morir, lucir estrecho y estilizado.

En vez de edad, ahora hablamos de morphing.

La cámara lenta nos mostró morros de delfín, variadas arrugas y diversas sutiles imperfecciones. Así mismo, los diversos ángulos de filmación nos revelaron una cruda realidad: los idealizados bucles estrechos no son tan estrechos. En definitiva, el idealizado bucle no era algo tan bonito como cuando lo observaban nuestros ojos o tan perfecto como en la foto de nuestra elección.

Cambio de enfoque

Fue el comienzo de una nueva época en la que se dejó de hablar del bucle como el Santo Grial y objetivo prioritario único de nuestro golpe de lanzado. Se empezó a entender el bucle más como una consecuencia o resultado inevitable de una serie de elementos mecánicos que bien ejecutados, dan lugar sin remedio, a esa figura tan familiar. “Tú para bien, con una trayectoria y aceleración correctas y te sale uno chulo. Es que no hay otra”.

Actualmente, sabemos mucho más sobre lanzado y en toda conversación técnica, se analiza y disecciona cada uno de esos elementos técnicos dejando a nuestro buen amigo, aunque presente, en un cruel, discreto segundo plano.

Qué vuelva

Desde ese lugar discreto que ocupa el concepto de bucle hoy en día, yo, como instructor, reivindico la vuelta de su importancia y de su uso como elemento pedagógico muy útil y potente a la hora de aprender a lanzar. Su poder instructivo surge de lo obvio e incontestable que resulta al ojo y de la aparente simplicidad conceptual que representa.

Actualmente son muchas las clases donde hago que los alumnos ejecuten bucles de todo tipo. Sin más pretensión y utilidad que llegar a dominar todas sus variables: anchos/medianos/estrechos, de apertura lateral derecha/izquierda, invertidos, de trayectoria ascendente/descendente, rápidos/lentos, redondos/con punta.

Me sigue gustando como instructor, usar la imagen y el concepto del bucle como algo primordial que debe ser entendido y dominado. Al fin y al cabo, el lanzado existe porque existe el bucle. Sin él, nada ocurriría.

Aprender a crear bucles concretos con una forma, tamaño y características determinados, sigue siendo una extraordinaria rutina formativa para llegar a convertirse en un lanzador mucho más completo y en el camino, pasártelo muy bien.

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